En los últimos días en México se ha estado hablando acerca de la invitación que han hecho varias organizaciones sociales a anular el voto en las próximas elecciones a manera de protesta por la baja calidad de las decisiones que toma la clase política, y claro está, a protestar por la baja calidad de la misma clase política mexicana.
Estoy de acuerdo con esta protesta simbólica, desde 2003 he estado manifestandome por ella como opción, la cual de cumplirse en un número importante de votos anulados sería una fuerte llamada de atención para los políticos pues los dejaría en una desnudez de legitimidad -crisis que se viene arrastrando hace mucho-.
El problema, claro está, no es la democracia como régimen de gobierno o procedimiento para la selección de gobernantes ni como sistema de valores y forma de vida, el problema son quienes tienen el monopolio para acceder a la competencia. De ahí la congruencia de pedir ir a votar pero anular el voto: el problema no es la democracia son las opciones que aspiran a ocupar el poder.
Partidos políticos y sus integrantes no han entendido el nuevo contexto político y social de México, han alcanzado el poder pero no se han dado cuenta de que las prácticas que funcionaban en el viejo régimen si bien se pueden seguir aplicando -y lo hacen- ya no se corresponden a las expectativas y realidades del país. Sin duda México necesita una renovación en su clase política, generacional sí, pero además de actitud, responsabilidad y preparación, México necesita una clase política que no busque el poder por el poder, sino el poder para hacer por los ciudadanos, para servir a los ciudadanos.
El mensaje final de esta estrategia para los partidos políticos y sus integrantes sería poner en claro que el país y la democracia no es de su propiedad. Para ello los ciudadanos se tienen que expresar y manifestar dentro de la democracia y la única opción que queda cuando todas las opciones disponibles son igual de malas es votar para respaldar a la democracia pero anular el voto para manifestar el desacuerdo y rechazo a las opciones disponibles por su actuación.
Ahora bien, lo que se encuentra con esta última reflexión es el problema de la estrechez del régimen democrático -al menos el establecido en México- para manifestar el desacuerdo con los políticos, el problema no es reelegir o no, sino qué hacer cuando todos son malos. Es necesaria entonces una reforma institucional de fondo en el sistema político que rompa con los patrones de inercia que se se han seguido desde la alternancia en el año 2000.
Así, la siguiente cuestión a discutir debe ser: ¿y después del voto anulado, qué? ¿Cómo nos podemos organizar los ciudadanos para impulsar y promover este cambio al que los políticos se opondrían? ¿Y en qué debe consistir tal reforma?
Al final se remite todo esto a la pregunta clásica y antiquísima: ¿Cómo asegurar la autentica representación de los intereses ciudadanos? La única respuesta que se ha dado hasta ahora radica en la vigilancia ciudadana, el accountability, creo que es hora de comenzar a tomarla en serio todos, desde ciudadanos de a pie hasta los medios de comunicación y los mismo políticos, y dejar de usarla como medida de presión o denuncia rencorosa cuando se nos niega algo.
La respuesta está, otra vez, en los ciudadanos y en la exigencia de estos hacia los políticos, pero suele darnos flojera o desesperanza. Pero si no hablamos estamos dando el consentimiento tácito para que sigan haciendo lo que quieran sin consultarnos. Hoy la mejor opción es el voto anulado pero y después qué? Exigir y proponer.
jueves 4 de junio de 2009
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