Todas las esperanzas que mantenemos en medio de las confusiones y peligros del presente se fundan positiva o negativamente, directa o indirectamente, en las experiencias del pasado.
Leo Strauss.
Jerusalén y Atenas.
jueves 8 de mayo de 2008
miércoles 7 de mayo de 2008
"Los intelectuales en cuestión" de Maurice Blanchot (Síntesis)
Maurice Blanchot, en “Los intelectuales en cuestión” se hace algunas preguntas que bien merecen detenernos a observar sus respuestas.
Blanchot se pregunta en primer lugar ¿Quiénes son los intelectuales?, y, ¿quién merece serlo?
Su respuesta comienza desde la negación que afirma. “No lo es el poeta ni el escritor, no lo es el filósofo ni el historiador, no lo es el pintor ni el escultor, no lo es el sabio, aunque sea profesor. Parece que no se lo sea todo el tiempo como tampoco que se lo pueda ser por completo. Es una parte de nosotros mismos que no sólo nos aparta momentáneamente de nuestra tarea, sino que nos vuelve hacia lo que se hace en el mundo para juzgar o apreciar lo que se está haciendo de él.” (págs. 55-6)
Esto es, para Blanchot no es el artista ni el científico, en su carácter de artista o de científico, el intelectual, sino aquél que suspende su actividad –artística o científica primordialmente- para, desde la distancia, con perspectiva, apreciar y juzgar lo que sucede y se hace suceder en el mundo. Ahora bien, el suspender su actividad no lo convierte en un simple ciudadano que sólo acude a votar de vez en vez y escucha/observa con mediano o total desinterés el acontecer sociopolítico. El intelectual, desde la reflexión de Blanchot, es aquél que “Hace públicas declaraciones, discute y se agita cuando, en algunos casos concretos, le parece que la justicia está siendo puesta en entredicho o amenazada por instancias superiores.” (60)
Hasta aquí, para Blanchot habría entonces dos condiciones que permitirían identificar al intelectual: 1) su origen artísitico-científico y 2) su puesta en acción, por fuera del campo de su actividad de origen, en temas o casos que asume de relevancia y ante los cuales plantea públicamente una postura.
Ahora bien, “¿de dónde viene el poder que se otorga a sí mismo [el intelectual] para juzgar abierta y públicamente hechos sobre los que, en principio, toma partido sin tener sobre ellos un conocimiento mayor de los que pueda tener el más humilde ciudadano?” (60)
En otras palabras, Blanchot se pregunta ¿en qué se basa lo que se podría llamar la “legitimidad de palabra” de los intelectuales si no se funda en los conocimientos que pueda tener sobre el tema? ¿Qué le distingue del ciudadano?
El poder del intelectual viene de la notoriedad, responde Blanchot, de “una notoriedad que debe a un logro que aparentemente no tiene nada que ver con aquello sobre lo que pretende emitir un juicio”. (60) Es su éxito en la actividad de origen la que le permite adjudicarse y/o que se le reconozca un “poder de comprensión y de éxito que compete a lo universal”(61). Por supuesto, esta aura de comprensión y éxito no implica que la opinión de éstos se encuentre fundada en el conocimiento especializado del tema, lo que le distingue del especialista, pero lo otorga un cierto valor o influencia –que a falta de un mejor término utilizaremos el de- moral a su opinión.
Pero los intelectuales han estado también bajo cuestión. Paul Valery, recuerda BLanchot, en el célebre Caso Dreyfus, se pone “'del lado de la injusticia', antes que tomar parte de esa comedia en la que hombres con debilidades, e incluso con debilidades de hombres de letras , pretenden hablar en nombre de la Humanidad y representar, con pasiones mediocres, una causa sublime.” (72) Valery cuestiona el valor del juicio de los entonces bautizados y auto-reivindicados intelectuales.
El intelectual, dice Blanchot, tiene tentaciones también, y una de ellas es “olvidarse del Justo [que defiende] para elevarlo a la categoría de un símbolo en el que aquél ya no se reconoce”. El intelectual se convierte en un moralista, en un político, en un místico, que cuando no siente correspondida su militancia se siente traicionado. Cita entonces Blanchot una acusación hecha por Péguy a su defendido –en el Caso Dreyfus-: “Convertido en héroe a su pesar, convertido en víctima a su pesar, convertido en mártir a su pesar, se mostró indigno de esta triple conversión. Histórica y realmente indigno, Inepto, inferior, incapaz, indigno de esta triple investidura” (78) El intelectual en su acción, se puede convertir en “mensajero del absoluto”, en “substituto del predicador”. Por eso, ya antes en el texto, Blanchot advertía que el intelectual es incrédulo, duda, asiente cuando hace falta pero no aclama (70), puede tomar partido, lo hace, pero no aclama.
El intelectual tiene entonces una responsabilidad con su acción y su palabra. El intelectual, expone Blanchot, no sólo debe juzgar o tomar partido, debe “exponerse y responder, por esa decisión, si es necesario, al precio de su libertad y de su existencia”. (107)
El intelectual se expone en su labor de intelectual a un doble peligro: 1) renunciar a su fuerza <> original y a su soledad, y 2) ponerse en peligro al sostener públicamente un punto de vista que quizá no justifique su “sacrificio”. (107)
En resumen, los intelectuales no hacen otra cosa que dejar momentáneamente de ser lo que eran (escritores, científicos, artistas) para responder a unas exigencias “morales, oscuras e imperiosas a la vez, puesto que eran de justicia y de libertad”. Pero justicia y libertad, advierte Blanchot, son palabras vagas, afirmaciones tajantes y mal determinadas. (109) El escritor, el científico, el artista que se asume intelectual desvía su influencia, su autoridad propia para ponerla al servicio de elecciones políticas y de opciones morales. (111)
El intelectual, entonces, es tal sólo momentáneamente y por una determinada cuestión y si bien su opinión es una entre muchas otras, son el ejemplo de que no todos los ciudadanos son iguales.
Blanchot hace una advertencia para todos aquellos que quieran estudiar a los intelectuales: “según los tiempos (y los siglos), el poder, la justificación y la definición de los intelectuales cambian”. (61-2)
Blanchot se pregunta en primer lugar ¿Quiénes son los intelectuales?, y, ¿quién merece serlo?
Su respuesta comienza desde la negación que afirma. “No lo es el poeta ni el escritor, no lo es el filósofo ni el historiador, no lo es el pintor ni el escultor, no lo es el sabio, aunque sea profesor. Parece que no se lo sea todo el tiempo como tampoco que se lo pueda ser por completo. Es una parte de nosotros mismos que no sólo nos aparta momentáneamente de nuestra tarea, sino que nos vuelve hacia lo que se hace en el mundo para juzgar o apreciar lo que se está haciendo de él.” (págs. 55-6)
Esto es, para Blanchot no es el artista ni el científico, en su carácter de artista o de científico, el intelectual, sino aquél que suspende su actividad –artística o científica primordialmente- para, desde la distancia, con perspectiva, apreciar y juzgar lo que sucede y se hace suceder en el mundo. Ahora bien, el suspender su actividad no lo convierte en un simple ciudadano que sólo acude a votar de vez en vez y escucha/observa con mediano o total desinterés el acontecer sociopolítico. El intelectual, desde la reflexión de Blanchot, es aquél que “Hace públicas declaraciones, discute y se agita cuando, en algunos casos concretos, le parece que la justicia está siendo puesta en entredicho o amenazada por instancias superiores.” (60)
Hasta aquí, para Blanchot habría entonces dos condiciones que permitirían identificar al intelectual: 1) su origen artísitico-científico y 2) su puesta en acción, por fuera del campo de su actividad de origen, en temas o casos que asume de relevancia y ante los cuales plantea públicamente una postura.
Ahora bien, “¿de dónde viene el poder que se otorga a sí mismo [el intelectual] para juzgar abierta y públicamente hechos sobre los que, en principio, toma partido sin tener sobre ellos un conocimiento mayor de los que pueda tener el más humilde ciudadano?” (60)
En otras palabras, Blanchot se pregunta ¿en qué se basa lo que se podría llamar la “legitimidad de palabra” de los intelectuales si no se funda en los conocimientos que pueda tener sobre el tema? ¿Qué le distingue del ciudadano?
El poder del intelectual viene de la notoriedad, responde Blanchot, de “una notoriedad que debe a un logro que aparentemente no tiene nada que ver con aquello sobre lo que pretende emitir un juicio”. (60) Es su éxito en la actividad de origen la que le permite adjudicarse y/o que se le reconozca un “poder de comprensión y de éxito que compete a lo universal”(61). Por supuesto, esta aura de comprensión y éxito no implica que la opinión de éstos se encuentre fundada en el conocimiento especializado del tema, lo que le distingue del especialista, pero lo otorga un cierto valor o influencia –que a falta de un mejor término utilizaremos el de- moral a su opinión.
Pero los intelectuales han estado también bajo cuestión. Paul Valery, recuerda BLanchot, en el célebre Caso Dreyfus, se pone “'del lado de la injusticia', antes que tomar parte de esa comedia en la que hombres con debilidades, e incluso con debilidades de hombres de letras , pretenden hablar en nombre de la Humanidad y representar, con pasiones mediocres, una causa sublime.” (72) Valery cuestiona el valor del juicio de los entonces bautizados y auto-reivindicados intelectuales.
El intelectual, dice Blanchot, tiene tentaciones también, y una de ellas es “olvidarse del Justo [que defiende] para elevarlo a la categoría de un símbolo en el que aquél ya no se reconoce”. El intelectual se convierte en un moralista, en un político, en un místico, que cuando no siente correspondida su militancia se siente traicionado. Cita entonces Blanchot una acusación hecha por Péguy a su defendido –en el Caso Dreyfus-: “Convertido en héroe a su pesar, convertido en víctima a su pesar, convertido en mártir a su pesar, se mostró indigno de esta triple conversión. Histórica y realmente indigno, Inepto, inferior, incapaz, indigno de esta triple investidura” (78) El intelectual en su acción, se puede convertir en “mensajero del absoluto”, en “substituto del predicador”. Por eso, ya antes en el texto, Blanchot advertía que el intelectual es incrédulo, duda, asiente cuando hace falta pero no aclama (70), puede tomar partido, lo hace, pero no aclama.
El intelectual tiene entonces una responsabilidad con su acción y su palabra. El intelectual, expone Blanchot, no sólo debe juzgar o tomar partido, debe “exponerse y responder, por esa decisión, si es necesario, al precio de su libertad y de su existencia”. (107)
El intelectual se expone en su labor de intelectual a un doble peligro: 1) renunciar a su fuerza <
En resumen, los intelectuales no hacen otra cosa que dejar momentáneamente de ser lo que eran (escritores, científicos, artistas) para responder a unas exigencias “morales, oscuras e imperiosas a la vez, puesto que eran de justicia y de libertad”. Pero justicia y libertad, advierte Blanchot, son palabras vagas, afirmaciones tajantes y mal determinadas. (109) El escritor, el científico, el artista que se asume intelectual desvía su influencia, su autoridad propia para ponerla al servicio de elecciones políticas y de opciones morales. (111)
El intelectual, entonces, es tal sólo momentáneamente y por una determinada cuestión y si bien su opinión es una entre muchas otras, son el ejemplo de que no todos los ciudadanos son iguales.
Blanchot hace una advertencia para todos aquellos que quieran estudiar a los intelectuales: “según los tiempos (y los siglos), el poder, la justificación y la definición de los intelectuales cambian”. (61-2)
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martes 6 de mayo de 2008
Sobre el intelectual
Entre la reflexión intelectual y el compromiso político
existe una tensión ineludible,
para la cual, no existen instrucciones de uso.
Norbert Lechner.
existe una tensión ineludible,
para la cual, no existen instrucciones de uso.
Norbert Lechner.
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